Coomonte en casa

José Luis Alonso Coomonte (1932–2025) es, con Baltasar Lobo (1910–1993), el otro gran escultor contemporáneo de la tierra. No es su primera exposición en Benavente: 1950, 1954 —antes de volar— 2000, entre juguetes, 2003 y la Torre del Valle (2023), pero esta de 2025 es la que todos hemos hecho con más ganas. No es una retrospectiva, más bien una muestra introspectiva, hacia dentro, un reencuentro del artista consigo mismo y con sus paisanos. En casa y un guiño a su obra toda.
Aquí aprendió Coomonte lo que es heñir la materia, el pan, el barro, las formas que sazonó su madre, Benita, de familia tahonera; el haz leñoso y las texturas, la talla, los secretos de la madera de su padre ebanista, Heliodoro; la gestación del hierro en esta tierra pródiga de ferrerías (Ferreras, Ferreruela, tantos escoriales…), que maduran el yunque y la bigornia, sí, aquí supo Coomonte del rayo que copula el crudo mineral, de esa doma metalúrgica del forjador, de la mano de Felipe Santiago, el herrero, casi quintos y que más de medio siglo después se reencuentran en su Benavente natal. Aquí aprendió y apresó Coomonte la intimidad de las piedras fértiles, su nombre y sus filones. Después, hospitalario, abrió los ojos al cristal, las resinas, la firme voz del hormigón, el bronce, el aluminio, los cáusticos espejos de la ironía pop, del povera.
Ecléctico, sí, como la vida: la calle y su celo vertical y lúdico, vacilón y psicodelia. Aquí, en esta tierra áspera, arrancó José Luis su versátil labor docente, entre dibujos, y luego en Madrid y Salamanca. Los mayos de la tierra se izaron en tótems, cucañas y miliarios o farolas donde trepar, sin performances; y escribir la ciudad entera con la piel de sus rejas, o teñirla de murales, vidrieras y cosas, aquí, donde nació Francisco de Villalpando, el mayor rejero de Renacimiento.
En este mosaico de ríos, veneras y vírgenes, artesano y artista, tanto monta: rigor y amor por el oficio, juguetón, público y privado, ni abstracto, ni figurativo, sino su erógeno lazo en máquinas inútiles que nos sirven para eso que antes llamábamos pensar (y reír). Junto al ostensorio de Nicolás de Cusa, «bandada de pájaros» lo apellidó Alejandro de la Sota, José Luis Alonso Coomonte vuelve a casa, de donde se fue, pero nunca salió, donde los mineros de Asturias le dieron galletas en la Soledad el 19 de julio de 1936 y tuvo novias y recuerdos.
Para todos nosotros es muy reconfortante, luego de dos años de tientas y trabajo, abrir las puertas a todos los ciudadanos a esta pequeña intensa exposición que, al menos esperamos sea un taquillazo de nuestras memorias. Nada de esto hubiera sido posible sin la colaboración de Javier Martín Denís, comisario de la muestra, al que hemos «asediado» desde hace mucho tiempo, del estilo y paciencia de Miguel Riera (Menoslobos S. L.) responsable del diseño y montaje, y el apoyo de nuestros patrocinadores: Diputación Provincial de Zamora, Ayuntamiento de Benavente y la Fundación Caja Rural de Zamora. Agradecer, por fin, a Marianela Portillo y José Luis Alonso Coomonte el generoso préstamo de sus obras.

Fernando Regueras Grande
Presidente del CEB «Ledo del Pozo»

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