En el mismo río
Lleva Fernando muchos años (no digo décadas por compostura) practicando autopsias de las villas romanas meseteñas, en particular leonesas, que no son pocas ni inocentes. Lo hace con la escrupulosidad que reclaman las exequias, pero sin ditirambo panegírico o nostalgia lacrimógena y sí con sabroso ágape. Lo suyo, fidelidades aparte, es enmienda a una suma que suele trucarse.
Porque cabe mucho truco en tanto lamento patrimonial como se estila entre tirios y troyanos, demasiado caballo de madera. Entre excusas y silencios tahúres, el de la cantidad no es fulla menor: que tenemos mucho —más que nadie, se enardece— y de ahí que no podamos atenderlo todo. Bien quisiéramos, pero no. La vieja disculpa de la pobreza y la honradez ante las acometidas de un destino adverso, shakespeariano de cercanías
La escapatoria de la calidad fue más reciente: puesto que hay tanto debemos ocuparnos de lo mejor. Elegir y, por tanto, renunciar. Ahora bien, ¿quién decide? ¿Puede escogerse? ¿Debe hacerse? ¿Es dilema o fraude?
De ahí a afirmar, como se afirma ya, que esa parte mejor es también la parte rentable y, por lo tanto, cabe rescatar —solo— lo que por sí mismo se rescata, lo que se “autofinancia”, hay un paso en el vacío, otra rimbombancia de esa España vacía y vacante. Un vacío donde caben falacias como la colaboración público-privada (que acaba siempre con dinero público privatizado) o cierto tufo a selección natural —discriminatoria—, cuando no el tradicional abandono convertido en santo y seña regional desde que el patrimonio es de todos, pero poco. Nuestra única seña de identidad, al fin, quizá sea esa, la ruina. No la ruskiniana, sino la escombrera.
Un vacío colmado también de la sumisión cada vez mayor del patrimonio cultural respecto a su explotación turística, que las consejerías de Cultura y Turismo se llaman así para disimular. Nos hacen creer, o lo intentan, esa lotofagia, que si merece la pena que esté ahí es por el turista (si paga).
En ese ser o no ser, las villas romanas en esta región pudieron convertirse —y volver a ser— una forma de poblamiento patrimonial que interesaba a todos y en toda parte.
Herencia, territorio, recuperación… esas palabras que abarrotan estudios y arengas sin salir de tan cómodos rediles. ¿Qué fue de aquel “Plan regional de villas romanas”? ¿Qué de compromisos, propuestas, “potencialidades”? Aparte excepciones de particularísimo mérito —La Olmeda!—, fuesen y hubo nada. O sí: el pasivo de aquellos supuestos activos y algunas taxidermias.
Lo ha dicho Fernando muchas veces: qué bien empezó León, hace un siglo y pico, con las villas romanas y qué pronto se torció, basta hoy. Quizá solo Navatejera, que continúa desesperando, pueda corregirse todavía. La lenta eutanasia de Los Villares (Quintana del Marco), sin duda inducida, desde hace tanto tiempo. Demasiados todavía para las demás, demasiadas inclemencias.
En esta Milla final de camino —que no pasará nunca por taquilla—, cabrían lamentos por el patrimonio emigrado o perdido, por lo que “se llevaron de esta tierra” y demás vindicaciones, diatribas políticas o politizadas, congojas de salón que desestiman lo que quedó y aquí sigue, sucio, dolido, roto, enterrado. La adormidera de toda la vida. Valga este sudario, con su vero icono, una vez más.

**Luis Grau Lobo**

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