Francisco Xavier de Carrión y Ribas es uno de los muchos miles de compatriotas que desfilan por el Diccionario Biográfico Español (ahora Electrónico) de la RAH, apenas una necrológica ilustrada (o bibliográfica), sin el jugo vital que, sin embargo, le ha devuelto Fernando Calderón. Hasta la fecha se conocía que Carrió(n) había sido diplomático y corrido varias cortes europeas.
Moceando con el ginebrino en la Venecia del Gran Tour –año de 1743– sin desdeño de su papel como secretario de la embajada en la Serenísima, recibe muy pronto enhorabuenas de sus superiores. Pasa luego a Estocolmo –primero como secretario, más tarde como encargado de negocios– donde recibe a Bernardo Ward y Antonio de Ulloa. Allí mismo solicita semillas a Linneo por encargo del ministro Carvajal, y ejerce con escrúpulo una actividad que, pese a sus numerosos desvelos y excelentes oficios, no se ve compensada por un sueldo digno que le permita representar a la Corona con decoro, según se queja. En Viena después –tiempos de guerra–, Carrión informa exactamente de los acontecimientos en su correspondencia semanal, sin olvidar la música. En reconocimiento de los servicios prestados Fernando VI le concede una licencia de seis meses. En Madrid y Zamora podrá ocuparse de sus asuntos: en la Corte, ingresar en la orden de Santiago; en Zamora, tomar posesión del mayorazgo, recibir el nombramiento como Regidor Perpetuo de la ciudad, y ser admitido caballero hijodalgo. Así aseguraba su herencia y engrosaba su currículo nobiliario: misión cumplida. A finales de diciembre de 1757 Carrión está en París, meses después se reencuentra con Rousseau en Montmorency, se cartean y, para disgusto del alistano, un malentendido casi se lleva al traste la vieja amistad. Siempre funcionario intachable, cumple con los despachos a satisfacción de sus superiores y parece que saca de más de un apuro al embajador español en los azarosos momentos de la guerra de los Siete Años. A resultas de la guerra se le destina a Londres con la misión de repatriar a los prisioneros españoles que Inglaterra retiene en sus costas. Una vez más en gratitud por sus méritos Carlos III resuelve nombrarlo contador de las órdenes militares, justamente un año antes de su traslado definitivo a Madrid en 1765, fecha en la que contrae matrimonio (casi moratiniano). Al fin, los honores: Académico de Honor de San Fernando (1765), diputado del común de Madrid (1766) y miembro de la Real Sociedad Económica Matritense (1775). Poco le quedaba ya para disfrutarlo. El 12 de febrero de 1779, enfermo, dicta sus últimas voluntades y tres días después fallece. El inventario de sus bienes permite pensar que nuestro funcionario intachable llevó al final una vida acomodada. Son las últimas luces de un ilustrado invisible del que ni siquiera disponemos de retrato. El que Francisco Xavier de Carrión y Ribas, dice Fernando Calderón al término de su biografía, no haya caído en el olvido se lo debe a su amigo Rousseau. Se equivoca. Si nuestro alistano tiene ahora pálpito y hechura, es gracias a este libro encomiable y bien escrito, es, tout court, mérito suyo.

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